La Orilla Infinita
Australia: Brisbane to Cairns. Sydney
Febrero 2019
Día 1. Brisbane
Alguien nos robó un día. Salimos de Buenos Aires el 30 y aterrizamos en Australia el 1º de febrero. Que me devuelvan mis horas que las quiero disfrutar. Llegamos a Brisbane junto con un avión de China que transportaba mas de 400 pasajeros y estuvimos parados en la fila para hacer migraciones casi una hora. Dispuestos a que nada podía empañarnos el humor, fuimos a retirar el auto alquilado, para lo cual estuvimos parados otra hora porque la mujer a cargo quería cobrarnos dos veces el plus por dejarlo en Cairns, nuestro destino final antes de viajar a Bali. Confieso que un poquito de mal humor lograron contagiarnos. Mientras Martin se peleaba con la mina, yo fui a sacar tres chips para los teléfonos, ya que nos esperaban tramos largos de viaje por carretera y podríamos necesitar conexión. El auto era enorme y el detalle de manejo por la izquierda no era menor.
Después de algunos errores y varias puteadas, pasado el mediodía llegamos al hotel que quedaba en el centro comercial de Brisbane. Un baño, cambio de ropa y estaríamos como nuevos, sólo que las valijas que habíamos dejado en el lobby del hotel Hyatt no llegaban a la habitación. Pasada otra hora de reclamos y tras las disculpas porque tenían el nombre equivocado, nos hicimos de los petates con un buen detalle de una botella de Syrah para aplacar los ánimos y a modo de disculpas. Ya lo dice el código polaco: no dejes que el maletero lleve tus pertenencias.
Brisbane es la capital del estado de Queensland y la tercera ciudad después de Sydney y Melbourne. Es un punto importante para el turismo: hacia arriba está la Sunshine Coast (donde nosotros íbamos) y hacia abajo la Gold Coast, con playas muy codiciadas por surfistas y asiáticos.
Hacía bastante calor, y guiados por los consejos de la recepcionista, cruzamos el puente hasta el South Bank,un gran parque que está sobre la ribera opuesta del centro financiero. La ciudad se me hizo muy verde, una hermosa fusión de civilización y naturaleza. Los ibis blancos con sus largos picos curvados, caminaban a sus anchas entre flores tropicales y se metían descaradamente en las plazas con los juegos para niños más geniales que jamás haya visto. Como si la belleza no fuera suficiente, apareció entre las palmeras una enorme playa artificial donde la gente se refugiaba del calor de la tarde. Un paisaje de postal con rocas, plantas exóticas y agua cristalina que creaba un mini oasis en el centro de Brisbane. Lo que te hacía volver a la realidad era el olor del cloro que se sentía desde la orilla. Qué tristeza me daba pensar que estas instalaciones en nuestro país no durarían en pie ni una semana.
Seguimos camino hasta llegar a Kangaroo Cliffs desde donde se veía el downtown y sus edificios mirando al río.
Desandando el camino, una garúa empezó a mojarnos en el momento que pasábamos por una feria de artesanías y como el cuerpo no entendía muy bien en qué momento del día estábamos, decidimos volver al hotel para descansar un poco. En esta ciudad, aunque seguramente un poco cambiada y mucho más desarrollada, estuvo viviendo Matías durante seis meses con varios amigos para estudiar inglés, y en varias situaciones, me los imaginé caminando por la rambla, por el centro y tomando cerveza en los bares. De noche fuimos a cenar a la vuelta del hotel en un japonés llamado Harajuku Gyosa, pero el nombre y la pinta prometían mucho más.
Recomendado para comer: Mr Percival´s
Día 2. Brisbane – Hervey Bay
El jet lag se presentó con toda la furia y nos fuimos despertando a las 4, 5 y 6am. Nuestra ruta hasta llegar a Cairns (desde donde salía el vuelo a Indonesia), abarcaba 1800 km, pero ya tenía planificada diversas paradas y actividades para aplacar tan extenso recorrido en una simple semana. Cargados de algunas golosinas, agua, pareos, lentes de sol y protector, el ukelele y roaming para conectar el Spotify, éramos todo entusiasmo.
Después de desayunar, arrancamos la travesía con un must: el Lone Pine Koala Sactuary, para ver los animales australianos más amigables y con mejor prensa del continente. Estuvimos en la puerta 10 minutos antes de que abrieran, junto con otros turistas caídos del catre como nosotros. El lugar era prolijo, bien cuidado, pero bastante básico. Se jactaban de ser los que más koalas tenían en Australia (130) y la verdad es que había una gran cantidad. Parecían de peluche y eran extremadamente fotogénicos. Los encontrábamos en distintas posiciones pero siempre en una actitud dominguera.
Las hembras llevan a su cría recién nacida en la bolsa marsupial a la que carga durante seis meses y cuando finalmente sale de la bolsa, se agarra a la espalda de su madre o a panza, acompañándola a todas partes hasta casi el año. La mayoría vive en el Este de Australia, donde hay más eucaliptos. Pueden dormir hasta 18 horas por día, sujetos en las ramas y en las poses más incomprensibles y graciosas. Cuando no están durmiendo están comiendo, especialmente de noche. No toman casi nada de agua y se hidratan a través de la ingesta de las hojas. Cada koala come aproximadamente un kilo al día (tranqui, que acá terminó el momento National Geographic de la narración).
Después de hacer la fila y pagar una suma considerable para sacarnos las fotos de rigor abrazando al koala (un plus de USD AZ 25 además de la entrada), visitamos al demonio de tasmania que parecía una comadreja inofensiva, a los wombats, los emús, al ornitorrinco, y a los canguros que estaban en un enorme parque saltando de acá para allá tratando de esquivar turistas y niños desenfrenados que intentaban agarrarlos de la cola.
Se veían de dos tipos diferentes: los canguros, que eran mucho más grandes (pueden pesar hasta 90 kilos) y tienen patas largas, y los wallabies que pesan hasta 20 kg y son más ágiles. Ambos son hervíboros y viven en pequeños grupos precedidos por un macho dominante con sus hembras y algún que otro macho sumiso. Es más frecuente ver boxeando a los wallabies que a los canguros, que generalmente boxean con su pareja.Pasada la emoción inicial y pensando en visitar otro santuario más adelante, seguimos camino hacia el norte.
La siguiente parada era la playa de Mooloolaba que quedaba a 100km (hora y media de auto). En las rutas más importantes se podía ir a 110 de máxima, pero la mayoría que nos marcaba el Waze no permitía más de 80km/h. La primera parte de la autopista estaba llena de túneles interminables que se bifurcaban varias veces en medio de la oscuridad. ¿Para dónde? La pantalla mostraba una línea sutil entre un lado y otro y el agravamiento de ir por la izquierda lo complicaba todo. Finalmente salimos a la luz y seguimos hasta Mooloolaba invictos y sin romper los espejos laterales del auto.
La playa era generosa, de arena fina y blanca. El mar era cristalino y con olas interesantes, lo que hacía la preferida de muchos surfistas. Sacamos nuestros pareos para descansar un rato y caminamos hasta donde había unos paradores, porque estacionamos un poco más alejados, en la zona de Mooloolaba Spit. La zona más céntrica tenía una gran oferta de restaurantes, bares, edificios enormes y por lo tanto más gente, que se metía casi exclusivamiente en las áreas donde había guardavidas. No entendí si era por educación playística o porque realmente había algún peligro, pero los bañeros iban armados hasta los dientes: tablas, canoas, motos y buggies. Cada 30 metros había un grupito parado, vigilando y alertando a los bañistas porque el agua parecía tirar bastante para adentro. Decidimos reservar la zambullida para la siguiente parada y no meternos mojados en el auto.